JUSTO ALDÚ

LA PUERTA GIRATORIA

 METÁSTASIS DEL PENSAMIENTO DE LA CÚPULA EN EL PODER EN VENEZUELA POST MADURO

El 2 de enero no fue un día de justicia. Fue un día de escenografía. Las rejas se abrieron para algunos, mientras otras se cerraban para muchos más. El eco metálico de los candados no anunciaba libertad, sino rotación. Un teatro cruel donde el poder, con nuevo maquillaje y las mismas manos manchadas, activó su mecanismo más perverso: la puerta giratoria.

Durante años, los presos políticos fueron cifras, sombras, nombres borrados en listas clandestinas. Hijos, padres, estudiantes, obreros, militares, civiles, todos tragados por el estómago oscuro de los penales. El régimen y sus testaferros construyeron un sistema donde el castigo no era solo la celda, sino la incertidumbre, el silencio, la tortura psicológica, la espera infinita.

Entonces vino el anuncio. Un decreto. Una firma. Un papel sellado desde el poder que hablaba de “amnistía” a partir de cierta fecha. Como si se pudiera amnistiar la inocencia. Como si se pudiera perdonar un crimen que nunca existió. Como si la prisión política fuera una falta administrativa y no una violación brutal de derechos.

La palabra “libertad” fue lanzada como migaja desde la mesa del poder. Madres arrodilladas frente a portones oxidados. Mujeres con rosarios gastados, rodillas sangrando sobre el cemento caliente. Gritos, llanto, promesas al cielo. La esperanza convertida en rehén. Algunas abrazaron a sus hijos. Otras regresaron a casa con las manos vacías, con el nombre de su muchacho aún escrito en la lista que nadie lee.

 

Y aquí la pregunta que desnuda el fraude moral del decreto:

¿Qué amnistía puede haber para la encarcelación de un inocente?

¿Desde cuándo se “amnistía” al Estado por haber secuestrado a un ciudadano?

¿Desde cuándo se presenta como generosidad lo que solo es corrección parcial de un crimen?

 

No son presos comunes. Son presos políticos. No cometieron delitos: fueron castigados por pensar, por disentir, por existir fuera del libreto. El decreto no repara, no limpia, no devuelve años, no borra torturas, no cura madres envejecidas a golpes de espera. Solo administra el dolor.

 

Porque mientras unos salen, otros entran. La puerta giratoria no es un error del sistema. Es el sistema. Es la crueldad convertida en método. Liberan para aparentar humanidad. Detienen para conservar el terror. La represión no terminó: mutó. Como un cáncer político, hizo metástasis.

Los responsables siguen gobernando. Los mismos que ordenaron, permitieron y celebraron la violación sistemática de los derechos humanos. Los mismos que cargan sobre sus espaldas miles de muertes, exilios, cárceles clandestinas, familias rotas, futuros cancelados. No hubo ruptura. No hubo justicia. Hubo continuidad con otro nombre.

Todos esos deberían estar presos de por vida. No por venganza, sino por memoria. No por odio, sino por dignidad. Crímenes de lesa humanidad no se borran con decretos ni con excarcelaciones selectivas. Se juzgan. Se condenan. Se recuerdan.

Pero aquí no hay justicia: hay negocio. Solo le están haciendo el juego al coloso del norte. Petróleo, minerales, recursos, ruinas convertidas en botín. Un país destruido ofrecido como trofeo, mientras el pueblo sigue pagando con hambre, cárcel y silencio. 

La puerta gira. La crueldad permanece. Cambian los presos. No cambia el verdugo.

El cuentagotas sigue cayendo, gota a gota, como si la libertad fuera suero para mantener vivo al régimen, no al pueblo.

Amnistía Internacional ha sido clara y constante frente a este tipo de maniobras: para la organización, una amnistía que no reconoce la detención arbitraria como crimen del Estado no es justicia, es maquillaje político. 

En sus pronunciamientos recientes sobre Venezuela, Amnistía sostiene tres puntos centrales:

 Las personas encarceladas por motivos políticos son víctimas, no beneficiarios.

No pueden ser tratadas como si hubieran cometido delitos que ahora se “perdonan”. Para Amnistía, eso equivale a legitimar retroactivamente la persecución.

Las excarcelaciones selectivas y por decreto no sustituyen la obligación de investigar y sancionar.

La organización insiste en que las detenciones arbitrarias, la tortura y los tratos crueles son crímenes que deben ser investigados, no borrados con leyes administrativas.

Una amnistía que no incluye verdad, reparación y garantías de no repetición perpetúa la impunidad.

Amnistía advierte que este tipo de leyes suelen servir para cerrar expedientes, limpiar responsabilidades y evitar que los responsables rindan cuentas, incluso ante instancias internacionales.

En otras palabras, para Amnistía Internacional, no existe “amnistía válida” cuando lo que hubo fue secuestro judicial, prisión por conciencia y represión política. Lo que corresponde no es perdón legal, sino:

 

Reconocimiento de la inocencia.

 

Liberación plena e incondicional.

 

Reparación a las víctimas.

 

Investigación de los responsables.

 

Desde esa óptica, el decreto no es un acto de humanidad, sino una forma de reescribir el crimen como si hubiera sido falta, y de convertir al inocente en “amnistiado”, cuando en realidad es un rehén que debió ser libre desde el primer día.

 

La puerta gira como un ojo enfermo,

finge clemencia, trafica el dolor,

abre un abrazo que nace del yermo

y cierra vidas con sello y rencor.

Libertad presta su nombre al engaño,

como si el crimen pudiera expirar;

pero en sus bisagras sangra el año

donde la culpa aprendió a gobernar.

 

 

Salen algunos con pasos de herida,

entran otros al mismo paredón;

la ley se disfraza de blanca salida

y es solo mordaza con nuevo guión.

No es amnistía, es truco de escena,

es humo legal sobre el mismo terror;

cambia el actor, mas no la cadena,

ni el carcelero, ni el guante, ni el horror.

 

 

Metástasis negra del trono y su cúpula,

cáncer de Estado que aprende a mutar,

la cárcel respira, el miedo se duplica,

la puerta gira para no cesar.

Hoy sueltan nombres, mañana los cambian,

como fichas rotas de un vil ajedrez;

la sangre firma lo que otros blanquean

con tinta podrida y sonrisa de juez.

 

 

No hay perdón donde hubo secuestro,

no hay decreto que absuelva al verdugo,

la inocencia no pide un maestro

ni la justicia se vende en embudo.

La puerta gira, pero el crimen queda,

el verdugo cambia de traje y de voz;

Venezuela sangra en rueda tras rueda,

y la dignidad espera su Dios.

 

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026.

 

*A última hora hemos tenido conocimiento de que familiares de Diosdado Cabello uno de los señalados como represores están en Panamá. Si esto es así, rechazo rotundamente este tipo de asilos a personas con dinero manchado de sangre. Ya de por sí hemos tenido esas experiencias.