Me encuentro en mi cueva, en este agujero que trata de consolarme con el silencio absoluto; un silencio que me abruma, que hace que pensar se vuelva una tortura. Me estoy preguntando si lo que siento es algo más que la simple soledad, si no será más bien un anhelo profundo por algo que no puedo tocar o por algo que no puedo comprender del todo.
Tal vez no sea la ausencia de otros, sino mi propia ausencia: mi alma desprendiéndose de este cadáver andante al que llamamos cuerpo, algo que se pudre por dentro cada día más y más.
Me intento conocer, pero solo saco basura. No hay nada más que basura: cosas banales, placeres efímeros, pensamientos impulsivos. La aversión que siento hacia mí mismo es indescriptible; es algo que no se puede expresar con palabras. Me siento limitado por este lenguaje humano.
¿Quién soy en realidad? ¿Quién soy más allá de lo que los demás ven, más allá de las expectativas que me imponen, de los prejuicios de la gente, de lo cegados que estamos? ¿Quién soy más allá de las máscaras que me he puesto para encajar?
Soy una mezcolanza de pensamientos, de dudas y deseos imposibles. Soy alguien roto, alguien que se encuentra en un vacío profundo, oscuro y frío. Soy alguien sin esperanza