Para quienes han visto al sol desangrarse en el horizonte y escuchado, en cada rayo moribundo, el susurro de un nombre que la noche no olvida. Para quienes velan sueños con vigilia perpetua y tejen, entre niebla y plata, epitafios de sombra con tinta de luna y polvo de angustia. Que estos versos sean la constelación fría que ilumine el camino de regreso hacia aquel amor maldito que, aún extinto, sigue clamando desde el fondo de cada ola negra y cada fosa del alma.