José Luis Barrientos León

El Invitado de la Medianoche

 

Bajo el dosel de una noche de invierno,

donde el segundero es un mazo de hierro,

renegaba yo de mi exilio interno

buscando en los libros algún desentierro.

 

\"¡Maldita!\" —exclamé— \"que cortas mis alas,

que cercas mi vida con muros de hielo,

que vistes mi alcoba con fúnebres galas

y empañas el brillo de todo mi cielo.\"

 

Un soplo de nieve cruzó la vidriera

y el fuego del hogar cobró nueva vida;

frente a mí se sentó la viajera,

con porte de reina y la faz encendida.

 

No era la pena, ni el gris abandono,

era una luz de cristal y de roca.

Habló con la fuerza que otorga el trono,

y esta sentencia brotó de su boca:

—\"Llamas \'alas\' al ruido de la gente,

a la sed de aplauso, a la vana mentira.

 

¿No ves que ese mundo es un lazo imprudente

que aprieta tu cuello mientras te admira?

Me llamas \'muro\', más soy el escudo

que evita que el mundo te vuelva ceniza;

en mi silencio, el hombre desnudo

conoce la fuerza que su alma organiza.

 

La soledad es la mayoría de uno.

Es el estado de gracia del pensamiento;

mientras el necio busca el desayuno

del eco extranjero y el falso arrepentimiento,

el sabio cultiva en mi sombra su huerto.

 

¿Qué es la libertad, sino estar conmigo?

Un mar que se ofrece, sereno y abierto,

donde el propio juicio es el único testigo.

 

Tú temes la calma porque temes verte,

porque en el bullicio te escondes de ti.

Pero aquel que no logra conmigo vencerte,

será para siempre un esclavo, un sufí

de voluntades que no le pertenecen.

Yo soy la paz que no pide permiso,

donde las grandes ideas florecen

y el hombre se crea su propio paraíso.

 

Reflexiona, poeta: ¿quién eres si callan?

¿quién queda si el coro se marcha a dormir?

Cuando las luces del mundo desmayan,

yo soy la única que te enseña a vivir.

 

No soy carencia, soy plenitud pura,

el atributo de un dios en reposo;

en mi estancia la vida es más dura,

pero el fruto del alma es más generoso.\"

 

La dama calló. Su presencia era clara,

como un diamante que el fango no toca.

Sentí que una venda de mi alma se apeara,

y un hondo suspiro brotó de mi boca.

 

Entendí que estar solo es el acto supremo

de quien no necesita de ajena piedad;

que, en el mar de la vida, si suelto mi remo,

mi puerto seguro es la Soledad.