Carlos Andrey Vargas Araya

Nadie nos pertenece

 

Nadie nos pertenece.
Ni el amigo que ríe a nuestro lado,
ni el amor que duerme en nuestra cama,
ni la madre que guardó nuestro primer llanto
en el cofre secreto de su pecho.

Somos préstamos fugaces,
coincidencias con fecha de caducidad,
estrellas que se cruzan en la noche
y brillan juntas
sin saber por cuánto tiempo.

Por eso hay que amar con las manos abiertas,
sin cadenas que disfracen de cariño,
sin relojes que conviertan los momentos
en posesiones que se oxidan.

Hay que beber el café con calma,
mirar a los ojos cuando hablan,
reír sin prisa,
abrazar como si fuera la última vez
porque quizás lo sea,
porque siempre lo es.

Nadie nos pertenece.
Y esa es, precisamente,
la razón para amar más hondo:
porque lo efímero pide presencia,
porque lo que se va
nos enseña a estar.

No acumulamos personas.
Las atravesamos,
nos atraviesan,
y en ese cruce breve e imperfecto
se esconde todo lo que somos.

Así que celebra mientras dure.
Que el final no sea el lamento
de lo que no dijiste,
sino la certeza
de que mientras estuvieron,
estuviste entero.