Viajamos a Lima con el cansancio noble del camino,
la carretera nos recibió con su rumor gris y marino,
y en medio del tránsito áspero, severo y repentino,
tu figura, Gabriela, volvió dulce el destino,
como un himno pequeño quebrando lo mezquino.
Llevabas tus audífonos en vincha, de fulgor encantado,
con orejas de gato y destello intermitente y alado,
y en tu gesto distraído, tan puro y concentrado,
mi corazón cansado quedó súbitamente desarmado,
porque tu ternura venció al mundo acelerado.
Las luces diminutas danzaban con cadencia infantil,
como constelaciones domésticas en un cielo febril,
y yo, poeta exhausto, de ánimo frágil y sutil,
hallé en tu imagen breve un refugio gentil,
una paz inesperada en medio del perfil hostil.
Lima seguía su marcha con su ruido y su severidad,
pero tú caminabas envuelta en música y claridad,
y comprendí, con melancólica serenidad,
que mientras existan hijas así de pura lealtad,
la vida siempre tendrá un resto de bondad.