Poema del amor que no fue y fue eterno
No te tuve
y por eso no te perdí.
Fuiste amor sin manos,
mirada que no pidió cuerpo,
fuego educado por la conciencia.
Nos quisimos en la orilla
donde el deseo aprende a callar
para no romper la vida que viene.
Sevilla fue un latido compartido,
tardes robadas al tiempo,
risas que no sabían
que ya estaban despidiéndose.
Luego la distancia —
esa obrera silenciosa—
hizo su trabajo sin maldad:
cada cual siguió su camino
y el amor se volvió semilla.
Tú tuviste un hijo.
Yo tuve una hija.
Y en esos nacimientos
nuestro amor quedó justificado.
Nunca quise otra vida.
Nunca quise corregir el destino.
Lo que fue suficiente
no necesita revancha.
Cuando moriste
no viniste a llevarme,
viniste a reconocerme.
Entraste en mí
como entra la música
que ya estaba escrita.
No me pediste nada.
No te pedí nada.
Eso es el amor cuando es limpio:
presencia sin deuda.
Si hay otro tiempo,
no será para tocarnos,
sino para sonreír
sabiendo que supimos parar
antes de herir al mundo.
Porque hay amores
que no nacen para quedarse,
sino para enseñar a amar mejor
todo lo demás.
Y tú —
amor que no fue mío—
sigues siendo
una de las verdades
más hermosas
de mi vida.