Cuando las cosas no salen como se esperaba,
como cuando la tierra pide agua y el cielo responde con sol.
Porque todo lo pasado se disuelve en el aire
y lo que importa, al final, es avanzar.
Como cuando llevas dos años preparando una oposición,
dedicando cinco horas diarias,
y al final sacas un seis
cuando el corte estaba en seis con cero uno.
Y aunque duela, frustre o descoloque,
esa no es la cuestión. La cuestión es el objetivo: aprobar.
Por eso sigues preparándote, y la sacas al tercero.
Si todo lo pasado se disuelve en el aire y lo que importa es avanzar,
¿cómo se va a tomar a mal cualquier nimiedad?
Como cuando se cae un plato
y los cristales estallan sobre el suelo de la cocina,
reflejos que alteran los sentidos
como si la prisa encontrara voz.
O cuando, al llegar al trabajo,
descubres que olvidaste la llave de la taquilla
y todo parece nublarse,
aunque solo sea un despiste.
¿Qué mejor, entonces, que pasar a la acción?
Recoger los cristales con calma,
buscar la llave,
levantarse y seguir bajo la luz del día.
Como en esos días en que se espera sol y toca lluvia:
paraguas, chubasquero,
cruzar la calle bajo el agua
y seguir adelante en calma.
Por eso, ante las cosas de la vida, inevitables o no:
aceptar lo ocurrido,
pensar en el siguiente paso
y ordenar la acción.
Ante la acción, reacción.