No valoramos a quien nos entrega el alma con las manos abiertas.
Nos acostumbrados a su amor como si fuera eterno, como si no se cansará, como si no doliera.
Le haces creer que importa, mientras poco a poco la rompes en silenció.
Le quiebras el corazón tantas veces que termina creyendo que la culpa es suya, que no es suficiente, que tú mereces algo mejor que lo que ella es.
Y no...no es así.
A veces se hiere a quien más se ama, por inmadurez, por etapas mal entendidas, por ese desinterés disfrazado de costumbre.
No la sueltas, porque sabes que ahí estará ahí cada vez que tú vacío pida abrigó, cada vez que necesites atención, cada vez que el mundo te pese.
Pero llega el día en que se cansa... Y se va.
Ahí empieza el verdadero silencio. Extrañas su forma de amar, su paciencia imposible, sus intentos de salvar lo que tú descuidabas.Te arrepientes de cada lágrima qué causaste, de cada vez que lloro por ti mientras tú recibías su perdón como si nada.
Recuerdas el inicio, cuando todo era luz, cuando sus ojos brillaban por ti.
Pero también, aún que duela, te alcanza el recuerdo de como la tratabas.
Y cuando ya no está, cuando su amor deja de buscarte, entiendes de lo que nunca valoraste:
Que quien te amaba deverdad te estaba dando todo...
Mientras tú apenas dabas la mitad.