Los abrazos se inventaron,
como puentes invisibles,
para decir “te quiero”
sin que la boca se atreva.
Son refugios que no preguntan,
solo envuelven.
Gestos que hablan bajito
al corazón que escucha en silencio.
Un abrazo es tiempo detenido,
es alma tocando alma
con la suavidad de quien cuida,
con la fuerza de quien no quiere soltar.
Hay abrazos que curan heridas
que nunca se nombraron,
y otros que bastan
para recordar que no estamos solos.
No hacen falta discursos
cuando dos cuerpos se entienden
en el lenguaje antiguo
de un simple apretón sincero.
Porque a veces,
un abrazo dice más
que mil pal
abras que no se atreven.