La cuna primigenia de nuestro hijo
nunca quedó cubierta.
Tu semilla no se depositó.
No fue tu cuerpo,
no fue el mío,
ni el deseo del amor.
Fue la tierra y la semilla
mirándose saberse encontrar.
Mi vientre
aprendió a esperar sin ecos.
Tu semilla
aprendió a quedarse en promesa.
Y en ese umbral del vacío
aprendimos otra forma de fecundidad.