Te pido perdón por no estar cuando debía,
por amar en silencio cuando mi pecho gritaba.
Perdón por la distancia que fabriqué con miedo,
por no decir “quédate” cuando mis ojos lo rogaban.
Hoy solo me queda mirarte desde la orilla,
ver cómo sonríes con alguien más
y fingir que no duele,
como si el corazón supiera actuar
mejor que yo.
Sonrío —sí—
pero es una sonrisa entrenada,
de esas que se usan para no levantar sospechas,
para que nadie note
que por dentro me estoy cayendo
en cámara lenta.
Sé que fue mi culpa.
No por no amar,
sino por no demostrarlo.
Por vestirme de seriedad
cuando quería abrazarte hasta borrar el mundo,
cuando quería besarte sin prisa
y prometerte cosas que no supe decir.
Ahora guardo un perdón
que sé que nunca vas a aceptar,
lo llevo en el bolsillo
como una moneda inútil
que solo sirve para recordarme
lo tarde que aprendí.
Te veo más feliz ahora,
y eso debería alegrarme…
pero duele.
Duele porque esa luz
era la que yo buscaba encender
cuando éramos nosotros.
Si pudiera regresar el tiempo
no cambiaría el destino,
me cambiaría a mí:
hablaría más,
amaría en voz alta,
te elegiría sin miedo.
Supongo que esto también es una forma de pagar
la torpeza,
la inmadurez,
la estúpida creencia
de que el amor espera.
Hoy te amo distinto:
desde lejos,
en silencio,
deseándote todo
aunque no sea conmigo.
Y sigo aquí,
aprendiendo a perdonarme
mientras aparento estar bien
como quien se tapa una herida
con una sonrisa prestada.