Alexandra Quintanilla

Desde la vivencia

Lo gracioso de mí, a mis 27,
es que se va comprendiendo que no se le deben excusas a nadie por lo cometido.
Pocos son los que te ofrecen un hombro cuando las cosas van mal y demasiados los que te apuntan con su dedo juicioso.

Y…

Sobre la soledad, también comprendo ahora tantas cuestiones, como comenzar a valorar a quienes nos quisieron siempre y seguir sus consejos, que han nacido desde la preocupación por nuestro bienestar.
A disfrutar los diferentes panoramas de la existencia, porque, para bien o para mal, cada uno tiene su propósito: enseñar.
Como dice mi abuelo:
“Cuando ya vas de salida, mija, ni porque te pongan el mejor manjar se te va a apetecer la vida; el paladar es una cuestión muy importante.
Importa más tener el estómago lleno que la banca activa.”
En últimos términos, vas comprendiendo que cantidad no es sinónimo de calidad:
pesa más, en el baúl de los recuerdos, quien ha encontrado hermoso el ser en lugar del cuerpo.
Cuando envejeces —de eso se trata este tiempo, estas palabras—,
Todo aquel que no toma tu mano más allá del rastro superficial del camino, es seguro que, de la nada, le salgan alas y decida que se ha equivocado en la estadía de tu vida.
Nunca falta el malagradecido; lo sé bien, también yo he recorrido ese camino.
Nunca se habla a través del pensamiento, sino desde la vivencia.
Lo sé porque yo también he hablado desde la inexperiencia.
Lo demás es solo aire malinterpretado en palabras que en nada penetran.
Lo sé más por praxis que por academia.