Entre el cielo y el mar
se pudre la esperanza,
colgada del viento
como un rezo que nadie escucha.
El cielo sangra nubes negras,
cansado de mirar sin intervenir,
y el mar abre su boca infinita
para tragar nombres, promesas, cuerpos.
Allí aprendí a respirar despacio,
como quien teme hacer ruido
en un mundo que castiga
a los que aún sienten.
El cielo no ofrece salvación,
el mar no concede regreso,
y yo quedo suspendido,
rotura viva entre dos vacíos.
Porque entre el cielo y el mar
no hay luz, ni destino, ni perdón:
solo un latido enfermo
que insiste en seguir
aunque ya no sepa por qué.