Sombras de Antonio Machado
juegan al escondite
enterrándose.
Los árboles estan solos,
sin hojas,
sin sombras.
Las ramas secas viven su sueño,
en botellas de anís escarchado.
El río está quieto.
No se mueve el agua.
Esqueletos de pato anidan las orillas,
cuidan su puesta de huevos hueros.
No hay remolinos
qué puedan cortar
las raspas de los peces.
El suelo son grietas
qué se arropan
con agujas de pino secas.
No puede el alma con el cuerpo.
Dejo caer mi peso
en un banco de losa fría.
Su tacto hiela los dedos.
Bajo el polvo que lo amortaja,
se adivinan letras y fechas.
Una vieja,
qué desnuda su cuerpo con harapos,
se sienta a mi lado.
\"Mala tarde tengas
—me dice—
la gente me llama Muerte\"
La sonrío.
Me levanto.
Vuelvo al camino.
Puntos dorados nacen
rompiendo el suelo.
Parecen cálidos cálices.
Parecen ojos de insecto.
Parecen reconocerme.
Parecen olvidos,
sembrados con recuerdos.
Una angustia me hiere el corazón.
Por su herida supura
todo el vacío que me llenaba el pecho.
Entre hielo marrón
nace hierva verde.
Unas flores de cabeza amarilla,
con el tallo largo,
salen disparadas hacia el cielo.
El recuerdo de tus ojos
se trenza con el sol,
todo lo acaricia,
todo lo calienta.
Ya te respiro
Ya me lates
por la sangre.
Ya no muero,
con la tarde.
Ya te vivo.