¡Oh, mi Señor!
Todo cuánto escondiste a los sabios
a los pequeños le has revelado (San Mateo 11;25).
Por el deseo fervoroso de entregarse a ti,
decidiste aleccionar a Santa Brígida.
A través de ella no dimití:
saciaste su sed de tu santa economía.
Y es que sus dudas eran mis dudas;
su interés fue el mío.
Durante años me preguntaba:
¿Por qué mi Dios así lo quiso?
Dejas que el alma madure,
así como al recién nacido solo leche le nutre.
Conforme mi espiritualidad crecía,
poco a poco el alimento robustecía.
Comienzas a destruir mi envidia,
hay un fuego que me impulsa a cambiar,
no dejo de pensarte noche y día;
a mi alma has logrado ataviar.
¡Soy un terrible pecador, Padre!
Pensé que mis pecados eran pequeños,
más el Espíritu me llevó al desierto,
he caído de rodillas, plañendo al Cielo:
\"No soy nada, y me has dado todo,
vanidad es mi vida;
la recompensa a mi mal es mi condena;
la recompensa a mi bien es la vergüenza.
Justa es tu santa economía, Señor;
a nadie dejas sin tu bendición.
Como al pobre Lázaro, su bien es salvación;
y al rico, la fortuna, su condenación.
No quiero que mi saldo sea cero,
antes bien, quiero merecer tu consuelo.
De los 5,480 golpes que recibiste,
permíteme, Señor, honrar todo lo que hiciste.
¡Perdóname, Jesús!
No soy un místico,
mas el Custodio me revela
aquello que a mi alma condena\".
Hoy prometo honrar y venerar tus sagradas heridas,
eterna impronta en mi alma de tu amor por nosotros.
Has querido que supiéramos cuánto sufrías,
para que seamos dignos de ver tu Divino rostro.
Para mayor gloria de tu Santo Nombre.