La Odisea de los Mares de Nubes
Finalizada la ceremonia en el Cenit de las Frecuencias, un silencio de plenitud exultante envolvió el ambiente. Titania permanecía en comunión con el Arquitecto, mientras el Leñador y Akelia sentían cómo la densidad de Áureo los elevaba hacia una nueva octava existencial; un plano donde el pensamiento se hacía acto y la palabra un adorno prescindible.
Sin embargo, pronto experimentaron que la armonía era un organismo tan vivo como vulnerable. Una punzada de arritmia sacudió el pecho de Titania señalándole que la Arborigenia, el espíritu del Bosque Nevado que sostenía el esplendor del sur se marchitaba. Ante tal sospecha, su faz denotó un evidente desasosiego.
—¿Qué te ocurre Titania— preguntó preocupado el leñador al ver la palidez en las mejillas del hada?
—Algo va mal —murmuró Titania, atenuando su voz—. La Arborigenia se debilita; necesita nuestro auxilio —refirió Titania con inquietud.
—Si la raíz muere, nuestro mundo será una masa orgánica inerte— añadió Akelia.
—No hay tiempo que perder. Vayamos de inmediato —sentenció el Leñador con el hacha el hacha en mano.
El Arquitecto intervino con solemnidad:
—No podréis regresar por vuestros propios medios. !Si pretendéis navegar por las corrientes de los mares de nubes necesitaréis un transporte adecuado y sólido. ¡Venid, trabajemos!.
Bajo su guía, la ciudad celestial engendró un prodigio: el Bajel Celeste. Su casco, tallado en Secuoya Roja por los duendes de Áureo, poseía la ligereza de una hoja de hierba y la resistencia del diamante. Un mástil soberbio sostenía unas velas tejidas con hilos de seda de araña lunar, capaces de captar el viento celeste y las fuerzas gravitatorias que mueven los astros. La rueda de cabillas quedaba conectada al timón por medio de fibras de centellas trenzadas por la propia Titania, obedecía simplemente a la voluntad de quien lo gobernaba.
Antes de que la tripulación soltara las amarras de la nave, Titania sincronizó su mente con toda la estructura del bajel y emprendieron el vuelo.
A medida que abandonaban la pureza del Cenit, el aire se cargó de electricidad estática. El viaje fue vertiginoso: la espuma de los Océanos de Escarcha mutó en el aire denso del Polen de Ámbar. Bajo la quilla, el hielo se fragmentaba en arena líquida que refulgía de un naranja eléctrico. Pero la belleza era un espejismo; grietas negras supuraban un humo grisáceo sobre el paisaje
De pronto, el bajel retumbó. Del mar de vapores surgieron Gárgolas de Ceniza, criaturas de obsidiana y ojos ígneos que iniciaron un imprevisto ataque contra la nave. El Leñador defendió la cubierta; cada golpe de su hacha irisada liberaba ondas de armonía que desintegraban a los atacantes en polvo. A su lado, Akelia empleaba su visión de \"Recuerdos del Futuro\" para anticipar los arrecifes de burbujas negras, guiando la nave entre los escollos para evitar embarrancar.
En el horizonte emergió Ferrum-Ker, una metrópolis de hierro suspendida por cadenas magnéticas. Era la antítesis de Áureo: una arquitectura del olvido diseñada para mecanizar el espíritu de sus moradores y convertirlos en esclavos sin libertad ni pensamiento. El arribo fue una colisión de realidades. Al atracar en el Puerto de los Engranajes, una legión de centinelas con lanzas de puntas melladas y llenas de herrumbre les cerró el paso. El Leñador lideró el asalto; al tocar el suelo metálico, su hacha emitió una resonancia tan limpia que los enemigos, incapaces de procesar esa frecuencia superior, estallaron como pompas de espuma pringosa provocando una polvareda húmeda de negro hollín y tornillos doblados.
—Hay algo más que está drenando una parte de la Arborigenia desde los sótanos de esta negra ciudad— sentenció Titania, sintiendo un dolor agudo en sus propias alas—. Algunas de sus raíces están presas y sufriendo.
En el núcleo de la ciudad descubrieron la infamia: las raíces de la Arborigenia habían sido inmovilizadas con pesados garfios de hierro frío. Una inmensa bomba, con un ritmo agónico, extraía su savia vigorosa para alimentar las fraguas industriales. Ignorando el calor sofocante, Titania posó sus manos sobre la caldera principal y entonó la Frecuencia de Retorno, para revertir el estado pernicioso de esa malograda ciudad.
El recuerdo del Cilindro de Ámbar refulgió en su pecho. Al reconocer a la ninfa, la savia cautiva se rebeló reventando las ataduras con una lluvia luminiscente que disolvió el óxido. La metamorfosis fue inmediata: el pavimento se cubrió de musgo esmeralda y el estruendo de los engranajes se transformó en un arrullo de hojas nuevas. El estruendo de la maquinaria cesó, las calderas de fuego atezado se apagaron, dando paso a fuentes de agua cristalina que lavaron el hollín de los suelos y paredes de los edificios.
Titania retiró sus manos de la caldera ya fría, sintiendo el flujo de la vida recuperada. Entonces, la visión de la Arborigenia le habló:
—Siento tu temor, Hija del Acorde. Has visto cómo el propósito podrido de los hombres convirtió el hierro en una cadena. Empecé a marchitarme porque creía que ya no habría nadie que cantara para mí..
Titania cerró los ojos, dejando que las lágrimas limpiaran las cenizas de su rostro.
—No es miedo lo que muestro, Madre Raíz, es aflicción. No comprendo cómo el mal pudo cavar surcos tan profundos en esta tierra. ¿Cómo permitiste que el metal dañara tu benefactora protección?
—La naturaleza se defiende con obras, pequeña ninfa —respondió la Arborigenia con un suspiro que hizo sonreír a las nuevas hojas— El hierro no es el enemigo; es el propósito el que estaba podrido. Los hombres de Ferrum-Ker dejaron de crear para destruir, y empezaron a extraer metales valiosos para dominar. Cuando el corazón se vuelve codicioso, la tierra se vuelve esclava.
Titania asió algunos tallos nuevos que brotaban entre la maquinaria, sintiendo que algo empezaba a renacer. Y respondió en el lenguaje hermético de las hadas:
—El equilibrio es una melodía que nunca se apaga, Madre Raíz. Solo requerías recordar tu propia canción.
—Lo sé. El equilibrio que has restaurado hoy es nuevo —la voz de la entidad cobró una fuerza más animada—. Has bautizado el hierro con dulzura. Has hecho más que recordar mi canción; has compuesto una estrofa donde la forja y la raíz danzan juntas. Mira a tu alrededor: el metal ya no oprime, ahora sostiene. Debemos recordar lo malo sucedido para preservar la limpieza del futuro. La Arborigenia exhaló un suspiro de luz que terminó de disolver las sombras.
—A partir de hoy, estas raíces de hierro reciclado serán el puente entre lo creado por la mano del vencido egoísmo y lo fecundado por la tierra. Una naturaleza que ha sobrevivido al hierro y lo ha integrado es invencible.
—Has luchado con valentía para que la Savia volviera a fluir libre. Desde ahora tendrás el reconocimiento de mi gratitud con este escudo personal que te otorgo.
Una rama florecida se desprendió y levitó hacia Titania. Era el Brote de Sincronía: un tallo de hierro flexible con la textura de un pétalo de rosa y el poder de las misteriosas Fraguas Volcánicas del Norte donde Akelia, la Ninfa Guardiana ostentaba cierto dominio. Sería la llave para abrir caminos nuevos donde la tecnología y la naturaleza confraternizasen.
Titania guardó el obsequio cerca de su pecho, sintiendo cómo se ligaba al Cilindro de Ámbar.
—Nosotros continuaremos tu canción. Llevaremos tu melodía de vuelta a la Rosa de los Vientos para que guíe a los moradores de todas las aguas y tierras.
Ferrum-Ker ya no era una prisión, volvía a ser el espléndido y fértil jardín que desde tiempos arcaicos había estado integrado en ese privilegiado lugar del éter.
La Arborigenia exhaló un suspiro de alivio, extendiendo su bendición hacia un horizonte donde, finalmente, ya no se vislumbraban más tinieblas inquietantes.
*Autores: Nelaery & Salva Carrion