Vendí mi risa por pan y por miedo,
por no dormir con el hambre en los dedos.
La empaqué rota, sin brillo ni fe,
y al entregarla ya no supe reírme después.
Reí para jefes, vitrinas y aplausos,
con la garganta sangrando de pausas.
Cada carcajada fue un clavo más
hundido en la cara que aprende a actuar.
El dinero no cura, solo tapa,
no abraza, no escucha, no mata la culpa.
Paga sonrisas, compra la piel,
pero deja el alma en deuda cruel.
Mi risa ahora huele a cansancio,
a noches largas, a trago y a fracaso.
Ya no estalla, ya no libera,
se arrastra, se vende, se entrega entera.
Y cuando intento reír de verdad,
la boca obedece, el pecho no está.
Porque el precio más alto, aunque nadie lo diga,
es aprender a vivir sin tu propia risa.