Camina despacio,
porque el suelo que pisas está hecho de cristales
que yo mismo soplé con el aliento de mis miedos.
No es que sea frágil,
es que es nuevo, y lo nuevo aún no sabe cómo sostener
el peso de una caricia que no busca herir.
Mírame como quien mira una brasa en el viento:
con las manos ahuecadas,
protegiendo ese punto naranja que insiste en no apagarse.
Cuidado, amor,
que en este descuido de querernos
podríamos inventar un incendio,
o lo que es más peligroso,
podríamos quedarnos a vivir para siempre en el humo.
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