Maria elizabeth Freire

Camanchaca

 

Llegará la aurora a susurrar su canto,

vendrá como viene la camanchaca:

pesada, ciega.

Irrumpe tu voz

y el espejismo de tocar tu mano.

Me voy, cediendo el silencio al vacío.

Dejando el rastro de un paso tangible;

arrastrando los restos de este cuerpo,

respiro todavía, vocifero.

En ese grito

se quiebra el hielo que reclama el alba

Gritando nombres al viento

con la niebla lamiendo la horma de mis pasos.

 Me voy sin ser olvido,

Me voy, allí donde la aurora enmudece

y tu mano

—tan clara y tan helada—

sea el fuego

que me prohíbo tocar