Llegará la aurora a susurrar su canto,
vendrá como viene la camanchaca:
pesada, ciega.
Irrumpe tu voz
y el espejismo de tocar tu mano.
Me voy, cediendo el silencio al vacío.
Dejando el rastro de un paso tangible;
arrastrando los restos de este cuerpo,
respiro todavía, vocifero.
En ese grito
se quiebra el hielo que reclama el alba
Gritando nombres al viento
con la niebla lamiendo la horma de mis pasos.
Me voy sin ser olvido,
Me voy, allí donde la aurora enmudece
y tu mano
—tan clara y tan helada—
sea el fuego
que me prohíbo tocar