Se despertó el Ser...
Él, o Ello, era lo único existente. El espacio y el tiempo eran inmanentes, consubstanciales; existían por, con, en y dentro de Él, lo que significa que no había espacio-tiempo más allá de los límites de Aquel, más allá de Su contorno. (¿Entonces qué había afuera de Él? Sencillamente... nada, pues no había exterior). Empero, el espacio no era de gran extensión, sino, al contrario, de la justa medida para envolverle –se amoldaba a la flexible forma de su solo contenido: el Ser–. En un sentido podría decirse que Él era el tiempo y el espacio.
(Se podría aducir que el Ser tendría que ser infinito y, entonces, poseer extensión infinita en tiempo y espacio, pero, para el caso, da lo mismo. Espacialmente limitado o ilimitado, por definición, nada podría extenderse allende el Ser si este es todo cuanto hay. Además, para la mente es más fácil conceptuar, visualizar y, por tanto, aceptar un Ser espacialmente finito que uno infinito. Si se quiere, podría llamársele Espíritu, concebirlo como ente no físico y decir que permea el espaciotiempo infinito, dándole la característica de la ubicuidad, o sea, sitúandolo en todo lugar simultáneamente, pero con ello se cae en contradicción, ya que el espacio es una entidad física, ¿y cómo algo NO físico habría de hallarse dentro de algo que SÍ es físico? ¿Las emociones, los sentimientos, los conceptos? Son manifestaciones, producto de entidades físicas, y no pueden existir sin un soporte material. También, sumado al hecho de la contradicción, un Ser infinito y ubicuo estaría todo desparramado por el espaciotiempo, lo cual no es muy agradable).
Había pasado en dormición durante muchas eras, indefinidamente. No era su primer despertamiento; con alternancia, había dormido luengamente y despertado brevemente innumerables ocasiones a lo largo de su existencia, por un lado, singular, aburrida y letargosa, pero, por otro lado, desconcertante y perturbadora, al grado de provocarle terror, un terror fácilmente comprensible.
No obstante su incisivo y acerbo desconcierto, como jamás había estado acompañado, no era consciente de su absoluta soledad, por lo que a su mente no podía allegarse la cuestión: “¿Por qué me hallo solo?”. No tenía modo de contrastar su exclusiva circunstancia; era el Absoluto. Al no haber nadie ni nada –excepto Él– que le sirviera por parámetro, punto de comparación, marco de referencia, base o apoyo, no podían brotarle interrogaciones de orden filosófico, tales como: ¿por qué existo?, ¿qué soy?, ¿cómo y por qué o por quién llegué aquí?, ¿hay fuera de mí un objetivo, un designio, una meta?, etc.
Porque no podían sobrevenirle preguntas de esa clase, le resultaba imposible cuestionar el cómo y el porqué de su existencia; sencillamente, hallarse ahí le parecía natural pero indeseable y fatídico. Sin embargo, dada su tribulación, aunque no expresara específica y directamente sus dudas, era como si las sospechara; acaso rondaran su cabeza cual informes fantasmas incorpóreos en la obscuridad, inasibles, inatrapables.
Los períodos letárgicos eran prácticamente interminables –consumían los eones–, mientras que solo despertaba por instantes –literalmente, fugaces pestañeos en la eternidad; lampos de recobro de consciencia cronológicamente distantes, en su noche tormentosa, lóbrega y perenne–, para volver a caer de inmediato, soporoso, en el profundo y longuísimo sueño, como si ese hubiera sido su propósito: despertar para volver a dormir ipso facto. Y es que, frente a aquella horrenda realidad desoladora, ¿quién no optaría por la inconsciencia perpetua… o incluso la aniquilación? Era preferible cerrar los ojos; cuanto más tiempo, mejor. (Lo suyo no era vida, sino mera existencia, a menos que aquella haya estado constituida, principalmente, por larguísimas edades o etapas de sueño y no por momentáneas vigilias; en cualquier caso, era funesta).
Sus dormidas extremadamente prolongadas daban tregua a su imbatible sufrimiento –el cual iba, invariablemente, del tedio al desconcierto hasta desembocar en un horror nauseabundo–; eso cuando no soñaba, pues su ensoñación no podía sino reflejar su espantosa realidad, y a veces aún ampliar e intensificar la horridez, en cuyo caso despertaba, en medio de sus propios gritos desgarradoramente espeluznantes, con grande sobresalto y empapado de sudor debido a las pesadillas de una terriblez sin proporción, las cuales deformaban su negra realidad, haciéndola ver todavía más horripilante.
Pero Él era Lo que había; era la Realidad, el Todo –independientemente de que fuese limitado o imperfecto–; por tanto, su terror era hacia sí, cual si se viera en una luna y se asustara de Su imagen: El Miedo impresionado por y de sí mismo. Él era el Miedo como causa y el miedo como efecto. Patética y grotesca situación.
Esta vez que abrió los ojos, como todas las anteriores, tampoco se le ocurrió hacer nada; tan solo se estiró un poco y bostezó en evidente muestra de abandono. ¿Qué podía hacer contra la ineluctabilidad, versus el hecho de su unicidad –la cual formaba parte de su esencia, de su naturaleza–, raíz y condicionalidad de su desgracia? ¿Cómo dejar de ser lo que se es? Aquello no era algo de lo que pudiera escapar, como de un laberinto intrincado pero coyuntural y pasajero, al que tarde o temprano se le encuentra su salida; no, lo suyo no era análogo a un dédalo tal, sino un estado constante y perdurable, que, mediante un símil se diría, guardaba semejanza con un juego de ajedrez en solitario, donde no se puede ganar sin perder... ni perder sin ganar. Por eso, aunque pareciera que no había un destino –como ciega fuerza impersonal que eslabona los sucesos (desde el futuro) y los hace inevitables–, era como si lo hubiese…, ¿o realmente sí había un fatum? Sea como fuere, se hallaba atado al equipolente de un ineludible sino, en el que no podía... ¿perder sin ganar?... Quizás ahí se ocultaba la clave. ¡El problema mismo parecía contener la solución! La pérdida le significaba ganancia.
¿Podía Él concebir una creación por desenlace afortunado, en el supuesto de que fuese capaz de crear? ¿Con qué objeto? ¿Evitar su soledad? ¡Pero si no era consciente de ella!; aunque estaba solo, no sabía qué era eso y, por lógica, no podía sentirse solo. ¿Cambiar su hado, alterar su entorno, anular su realidad? No había manera, no al menos con una creación. Como Absoluto, no había razón para que a su mente acudiera la idea de crear Seres y/o seres que le acompañaran, ya que no tenía esa necesidad.
Además, estrictamente era imposible que crease a otros idénticos a Él, pues habrían sido desiguales en temporalidad; sus “Clones” habrían tenido un comienzo, mientras que de Él desconocía su procedencia; si tenía un origen, este se perdía en el inacabable y tenebroso corredor del tiempo –carecía de memoria sobre si tuvo principio o no, y tampoco tenía motivo para indagarlo, por no existir nada para compararse, nada que le sugiriese una analogía, ningún espejo en el cual mirarse.
Si como Absoluto no tenía razón para clonarse, menos la tenía para crear a seres menores y un mundo en el que ponerlos, aparte de que le serían entidades insignificantes y totalmente insatisfactorias para el logro de una incierta dicha; definitivamente, no estaba hecho para ser feliz. Tarea infructuosa le habría resultado una creación; pero, lo más importante, ¿qué sentido tendría esta si Él no lo hallaba ni para sí? Él era no solamente el Sin Sentido, sino también el Sinsentido, ‘cosa absurda y que no tiene explicación’; por ende, cualquier cosa que dimanare de Él sería también un sinsentido y reflejaría asimismo la falta de sentido. (Sobre cimientos carentes de sentido solo se pueden erigir edificios sin sentido).
En verdad no se sabe si podía crear ex nihilo, es decir, a partir de la nada, pues no iba a producir ni un solo átomo, ni una partícula subatómica, compuesta o elemental (un protón, un neutrón, un electrón, un muon, un neutrino, un cuark, un mesón, un gluon, un fotón, un positrón…); menos habría de formar un planeta, una estrella, una galaxia, un universo o un multiverso. Desde luego, jamás lo intentaría; la idea no tenía por qué pasarle enfrente ni revelársele en sueños, ya que todo eso era ajeno a sus necesidades y, por tanto, quedaba fuera de su restricta y condicionada imaginativa.
Por todo lo anterior, justificadamente, medroso, laso, abatido y abúlico, además de anquilosado por su casi continua serie de “hibernaciones”, ante su pesada, embargante y embotadora situación –extraña, enervadora e inaguantable heterogeneidad, mezcla, revoltijo, un totum revolutum de fastidiosa monotonía, angustiante conturbación y aversivo pavor–, puso en marcha, perentoriamente, su sola, terminal e irrebatible volición...
Sin poder sacudirse la tenaz y avasallante somnolencia, se puso cómodo, cerró sus pálpebras y regresó a su estado consuetudinario –su sueño fue dulce y transcurrió tranquilo–, no sin antes haberle nacido el deseo de ya no estar, de ya no ser.
No despertó jamás...
Si como hielo seco que se sublima el Ser evanesció, o como líquido volátil se tornó fluido elástico y entonces se disipó por completo, o cual ingrávida voluta de humo disgregose poco a poco y se esfumó, o si, de manera apacible e irrevocable, sumido en su modorra postrimera, su cuerpo se adelgazó hasta llegar a tener la sutileza de una sombra proyectada en un plano y fue atenuándose cada vez más hasta desaparecer, o si su figura tridimensional se fue reduciendo paulatinamente hasta devenir en mero punto matemático y quedar en cero dimensiones, lo cierto y trascendente es que se extinguió, indolentemente, dejando tras de sí... la Nada.
El paso del Ser al No Ser (y de ser a no ser) no conllevó ningún dolor, sino, al contrario, fue liberación, un acto misericordioso, uno de eutanásica piedad. Mas si otrora lo primero fue misterio, ahora lo segundo era el enigma, con la consecuente diferencia de que no existía nadie, absolutamente nadie, para asombrarse del ulterior arcano.
FIN
domingo, 27 de septiembre de 2020