El mundo no es más inmoral que antes:
solo es más rápido, más visible y más rentable.
El pecado no es nuevo,
pero la tecnología lo amplifica.
Los malos placeres no llenan: anestesian.
No sanan la piel, solo perpetúan la herida.
No son actos de libertad,
sino el hambre de un espíritu en ayunas.
Cuando el alma calla, el cuerpo grita.
Donde no hay trascendencia, el placer usurpa el trono
y se convierte en un dios exigente y vacío.
La lucha nunca fue contra el placer,
sino contra la soledad.
Ese hueco profundo del alma
que el cuerpo intenta colmar con cuerpos,
con sudor y con carne que no ama.
Después del video, después del clímax...
¿te sientes completo?
Nunca.
Solo queda un alivio corto
y una tristeza más larga.
Porque la soledad no se cura con estímulos,
se cura con presencia.
Y el alma, bajo el ruido, sigue esperando
que alguien se quede cuando todo se apaga.