I. Alba
Mi tallo se estira en el frío del alba, mi rostro amarillo al oriente se alza. No es costumbre ciega, ni rito vacío, es un susurro verde, un íntimo brío. La luz se derrama en pinceles de fuego, y me inclino, gozoso, hacia el primer riego de claridad pura, de día naciente… —mi primera verdad, dulce y ardiente—.
II. Cenit
Después, el sol sube, corona del cielo, y sostengo su peso con rígido anhelo. Las abejas me besan con zumbidos de oro, yo resisto impertérrito su sonoro trajín. Soy centinela de este llano extenso, altivo en el calor, en el viento inmenso. Pero no es esta cumbre lo que más ansío… guardadme un secreto bajo este estío.
III. Ocaso
Llega la hora íntima, el rojo descendido, el sol se hace triste, cercano, encendido. Ah, éste es mi anhelo la luz declinante, el fulgor que se rinde, dulce y penetrante. El horizonte arde en púrpura y grana, y mi corazón girasol, sin voz, se desgrana de gozo sombrío… ¡Por fin te alcanzo, sol de la tarde, en tu último avance!
IV. Noche
No temáis a la noche, su manto estrellado. No es abandono, no es duelo callado. Es la hora de guardar, en mi vientre oscuro, todo el oro vivido, todo el brillo puro. Lo encierro en semillas, memoria del día, futuro de luz en la cáscara fría. La noche no es fin: es savia que espera otro giro hacia el alba, otra primavera.
V. Confesión final
No giro por ley hacia el sol del estío, giro hacia el ocaso, el último brío. Porque en la luz que huye, quebrada y querida, aprendí que la belleza nace de la despedida. Y guardo en mis granos, como un testigo fiel, no el fuego del medio día, sino la luz del adiós —eterno, secreto, personal sol—.