Sir. Black Lyon

✠ Mihi horror membra percipit (sobre un breve atisbo de la experiencia de un alma condenada en el Infierno) ✠ .

Icor nigérrimo y mefítico mana de mis fístulas;
los vermes de mi calcañar me atribulan.
El padecimiento es basal;
la anamnesis deletérea.

Portamos en el cuello los pecados; es fútil la disimulación.
En la calígine oteamos el «Gran orbe satánico»;
mientras los Tronos de osamentas y blasfemias
erigen dicterios contra la «Fuente Primigenia».

El vitriolo que degluto en flujo perenne:
una atrabilis que no logro domeñar.
Es el óbolo de mi pretendido albedrío,
que me deleité en preconizar.

Moramos y nos detestamos,
mas la sociedad es imperativa;
bajo la conminación de Satanás
subyacen designios cruentos.

Inánimes, casi autómatas,
vagamundeamos por las anfractuosidades del Averno:
en un deambular ciego, con los plantares sangrientos;
entre serosidad, llanto y una gélida voz que nos impreca.

El Lago de Fuego yace en éxtasis gélido;
nuestra psique, lapidificada.
La grey aquí reunida profesa teofobia.
Anhelamos ser reducidos a la nada.

¡Qué es la nada sino la carencia de ontología!
Mas somos incapaces de nuestra propia obliteración.
Ni el prójimo ni yo; solo el Demiurgo posee la potestad del vacío.
Aquella panacea espiritual de liberación.

Pero se abstiene... El Juez Supremo nos ha proscrito;
somos la existencia perpetua digna de execración.
Si hay ausencia de ágape, hay presencia de condena.
¡Aniquílame de una vez!
Te detesto y me aborrezco.
Por tu arbitrio devine en este tormento.
Todos me han vilipendiado;
yo no soy acreedor de este suplicio.
¿Cuál fue mi gran defección?
¿El repudio?
¡Justiprecia la deuda que he de sufragar!
Ninguna transgresión amerita gehena eterna.


En el nictémero infinito observo el desplome de las almas;
este cosmos es insondable; las sombras pueden disiparse.
Preferimos la cohabitación con los execrables,
antes que la alienación y ser devorados por la propia mente.


Cruento destino;
existencia maldita;
¿justificada vindicta?
Causa finita.

Lánguidamente reímos,
por instantes se nos concede la quiescencia;
aunque la laceración es constante,
hay noches más suaves y otras más densas.

 

Y así, per saecula saeculorum, amén.