Lejos de miradas extrañas, como el furtivo que se siente perseguido por sombras siniestras en la noche. En la distancia, pero con la paciencia que se da en el que ama, apostado tras las ramas de la higuera, me encontraba mirando al horizonte. Mis ojos, humedecidos por fijos y abiertos, esperando ver aparecer a quien pondría fin a las noches frías y me libraría de tantas amanecidas de escarcha.
Pasaron mil años y las ramas se fueron desnudando; las hojas, en el suelo, dejaban al furtivo sin aquellas sombras perfumadas. Los amaneceres se repetían con exacta simetría; eran días grises en los que el horizonte se escondía.
En los desvaríos de quien se ocultaba de miradas extrañas y no desesperaba, escrito en las nubes, a veces, veía unos versos, frutos de su atormentada imaginación, que no curaban, pero le calmaban el fuego interior que le embargaba.
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Hice callar la pasión para no inquietar más mi alma, pero la voz de mi corazón, en el silencio de la alcoba, te buscaba y te encontraba desnuda de miedos y dudas.
Me mirabas con ojos hambrientos, reflejos de un juramento que convertía el silencio en un largo crepitar de llamas. Hoguera en tu piel desnuda de quimeras y vestida de fantasía que yo hacía mía.
Le pusiste sonido a mis deseos y a mis manos, alas que surcaron tu cuerpo de abril, de seda y olas y, como nave por la inmensidad de un mar ondulado y exaltado, me sentí tan libre como la brisa que acaricia las ramas de la higuera, aliándose con ella y sus aromas.
Ven a mi puerto, me dijeron sus manos extendidas
Y, en ese silencio donde las miradas apasionadas hablan, entre las cálidas sábanas —olas, mar y a la vez orillas—, dos cuerpos se solazaban: el suyo, el mío, el nuestro, se aliaban, se repartían los espacios cual musgo que nos guiaba al norte de los sentidos y se alimentaba del agua de nuestros húmedos besos.
Brotaron las voces de la tierra que era a la vez mar y olas crecidas. Se desbordaron todos los ríos; la lluvia incansable, sinuosa, recorría colinas y valles. Ella, tierra; yo, ensenada; ella, orillas acaparando mis olas, y de todo ello fueron testigos aquellas aguas, que a la vez eran las mías, las nuestras.
Amor, dame tus labios abiertos; los míos te llaman, te reclaman. Deja que mis manos acaricien tus pechos de seda, que quiero sentir la magia que brota de tus encantos de mayo en la pasión que augura la eternidad del mar de tu cuerpo.
Donde quiero resaltar la certeza de un amor que crece y crece y nunca envejece, para difuminar las distancias, las que median entre las horas en que no estás en la higuera y las otras de la alcoba, donde te muestras desnuda de quimeras.
Fue entonces cuando mi sed, necesidad que sin su voz es aridez, se fue alejando de mi horizonte. Me puso los sonidos que faltaban; le dio libertad a mi iniciativa que, como alas extendidas, surcaron sin descanso por su cuerpo de seda y amapolas, de mareas, orillas y olas.
Me miran tus ojos de miel
con reflejos de eternidad:
Los que alumbran mi soledad
y me conviertes el silencio
en un largo crepitar de llamas
que se alimentan de tu piel.
Y, como velero en su mar ondulada
y alazán galopando por su dehesa,
nos sentimos libres como la brisa
que acaricia con amor sin barreras
las ramas nuevas de la higuera
aliándose con los aromas de ella.
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Ven, fondea tu pasión en mi puerto,
y luego, cuando amanezca de nuevo
naveguemos el delirio de los besos
cabalguemos sin parar los excesos
y, sin dejar atrás el sol de los sueños,
mantengamos los deseos despiertos.
Me dijeron sus ojos encendidos como los míos.
Y en ese silencio revelador, donde las miradas hablan y la complicidad es mucho más que intimidad, entre sábanas ardiendo y revueltas, donde nunca se borraban las huellas de nuestros cuerpos y se solazaban éxtasis, pasión y deseos, compartimos los espacios y, sin dejar espacio entre nosotros, intercambiamos caricias y besos.
Y fuimos como musgo que se expandía por los muros de los antojos. Y olas penetrando en las orillas. Mareas que iban y venían y nos mecían, y ahí, en ese oscilar y acunar de los deseos, estábamos, entregados como dos insaciables hambrientos.
Donde nos dejamos llevar por el instinto, en una entrega sin pensar en el futuro; no nos hacía falta, nos valíamos de inventar el mar y sus mareas. Y las olas como hojas de un calendario que nunca caducaba porque, en el mañana, no claudicaban las caricias ni faltaba la imaginación, remos y timón de una pasión que navegaba al compás de los besos en la pleamar, para luego, en el soñar de la bajamar, retomar los deseos de amarnos más y más.
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Por el momento, fin de la travesía, que seguirá cuando los vientos de los deseos vuelvan a soplar de proa y la pasión ponga rumbo a lo infinito de un nuevo sueño.