Escribo desde los márgenes, allí donde la fe dejó de ser refugio y se transformó en estructura, mandato y vigilancia. Mi escritura nace de la observación de los sistemas que prometen salvación mientras erosionan la conciencia, de los dogmas que se solidifican hasta volverse arquitectura mental. No busco consolar ni ofrecer respuestas limpias: escribo para señalar grietas, para rescatar la memoria que fue sepultada bajo la obediencia ritual y el miedo organizado.
Mis textos habitan un territorio oscuro y simbólico, donde la religión, el poder y la culpa se entrelazan como raíces enfermas. Exploro la voz de quienes aprendieron a arrodillarse antes que a preguntar, de las profecías que se repitieron hasta agotarse, de los años entregados a la espera de un final que nunca llegó. Lo gótico no es aquí una estética vacía, sino un lenguaje necesario para hablar de ruinas vivas, de altares que aún exigen sacrificios y de libros que queman más de lo que iluminan.
No escribo desde la fe ciega ni desde el rechazo superficial, sino desde la necesidad de comprender cómo el control se disfraza de virtud y cómo la sumisión se normaliza hasta parecer salvación. Cada texto es un intento de permanecer de pie en espacios que exigen postración, una negativa a aceptar que la verdad deba administrarse desde arriba. Escribo porque recordar también es un acto de herejía, y porque a veces la única forma de libertad es nombrar aquello que otros prefieren mantener en silencio.