Como un halo que te parte, que se asienta y se resbala en la más alta silla de tu mesa, que con altivez ni te mira ni te enmarca, que te rompe hasta los dientes de las entrañas y tú suplicas y le lloras a la nada. No deja ver su rostro jamás, pero te arrasa. No es bienvenido jamás, pero se instala.
No pides nunca su consejo, pero a golpes te lo enseña con gracia. Entonces, adolorido y ya su hijo, le agradeces.
El dolor es una sátira.