En mis horas más oscuras,
llorando pedí al cielo,
y este un ángel me envió:
Su carita refleja
un dulce candor.
Sus rasgados ojos,
brillantes de luz pura.
Su inocente sonrisa,
más luminosa que el sol.
A veces se extravía
en el firmamento
su mirada...
y otras, con intensidad,
contempla una flor.
Camina por esta tierra
con torpe y pesado paso.
Pues, en el cielo acostumbraba
a flotar sobre nubes
de algodón.
A menudo su mente
se dispersa y pierde
en etéreos mundos
carentes de toda tristeza y dolor.
Es tan grande
su inocencia
que en ella no existe
el odio, ni el rencor.
No tiene cabida en su
grandeza, ni maldad,
ni perversión.
Es tan limpia su alma...
tan puro su corazón.
Y si un día me alcanza
la enfermedad o la aflicción,
con sus abrazos me sana,
y con sus besos
me cubre de amor.
Llorando pedí al cielo,
y para darme paz y consuelo,
un ser celestial descendió.