Hace tiempo que partiste
y aún no entiendo por qué,
pero sé que ahora
descansas mejor.
Fuiste amiga y consejera,
un ángel de Dios
que vino a este mundo
a darnos luz y paz.
Te extraño, gran amiga,
a veces deseo buscarte
y decirte que me siento sola,
que necesito tu abrazo.
Pero recuerdo que ya no estás,
y entonces la nostalgia me invade,
aunque también un alivio:
fuimos dos grandes amigas,
y siempre fuiste mi confidente.
Hoy me despido de una gran mujer,
de una madre maravillosa,
de una persona noble
y de un corazón inmenso.
Esa mujer que abrió sus brazos,
las puertas de su hogar,
y a quien agradeceré siempre
desde lo más profundo de mi ser.