De plata.
Un compromiso de plata,
de plata fina, aterciopelada,
sostenes de una ilusión,
quejido de guitarra, centón
de una manta raída, callada,
caricia que se pierde de vista.
Una plata, un rosario
de cuentas pendientes,
un tequiero en el momento justo,
un clavel a punto de reventar
en el labio, rojo, de sangre,
y al final para nada, una lluvia
en el cielo, pendiente, un abrazo
en el fuego de una íntima cama,
pendiente, eterno por pendiente.
De plata, de eso era el compromiso,
de ley, de una ley compacta, terca,
conspícua, de una ley cuya letra
está solo a merced del tiempo, siendo
el tiempo el único disolvente capaz
de disociar un celulaje tan denso.
Una plata, un anillo redondo,
circunferenciado, a través del que mirar
un futuro compuesto, indefinido,
pluscuamperfecto quizá, o no,
y que, al final, para nada, para quedar
engrosando un anal de acontecimientos
cuya desembocadura es amarillenta,
un amarillear de hojas de un libro,
uno que escribimos juntos durante un tiempo
escaso dentro de la era geológica,
dentro incluso de mi era, de tu era.