Llegué a pensar que Dios andaba distraído conmigo,
que repartía suerte y a mí me dejaba para después.
Como si todos fueran felices
menos yo,
como si no fuera mi turno.
Pero un día coincidimos tú y yo,
sin aviso, sin plan.
Y sentí que Dios me susurraba bajito
que ya me tocaba ser feliz,
que era ahora.
Después de perder tanto,
de cansarme de esperar,
llegaste tú
a poner orden sin ruido,
a quedarte.
No sé qué hizo exactamente,
pero conmigo funcionó.
Porque desde que existes,
todo tiene más sentido,
y yo también.