Me era fácil interpretar el papel de la bruja.
Sabía mis líneas de memoria,
esas con las que más de una vez
hice huir a caballeros valientes.
Siempre fui la villana sin corazón.
Nunca supe ser la princesa en apuros.
Reírme del amor
me pareció más seguro
que dejar que me abrace.
Pero llegó él.
El que pregunta justo lo que no quiero responder.
El que derrumba muros sin pedir permiso.
El que pone de cabeza mi historia,
se burla de mis argumentos
y acierta la frase perfecta
sin leer el guion.
No fue invitado a la fiesta del Sombrerero Loco, y sin embargo,
bailó conmigo entre tazas rotas.
Se equivocó de cuento,
pero se inventó uno nuevo
solo por verme sonreír.
A él no le importó que yo fuera la bruja.
Dijo que había belleza
en mi sombra.