LA CONCIENCIA
La conciencia no llega a caballo blanco,
llega tarde, despeinada
y con olor a lluvia vieja.
No trae sermones ni estampitas,
trae preguntas maleducadas
que no se pueden devolver.
Se sienta donde tiraste la chaqueta,
pide el mismo trago
y paga con recuerdos
que no figuran en la cuenta.
No levanta la voz,
pero te deja sin palabras.
No se aprende en la escuela,
se aprende perdiendo.
En el surco mal hecho,
en la cosecha apurada,
en la mano que soltaste
cuando todavía hacía falta.
La conciencia no grita,
no empuja ni ordena,
solo espera despierta
cuando apagan la fiesta.
No te pide que seas bueno,
solo que seas fiel,
porque nadie se escapa
de vivir con su piel.
Yo quise engañarla mil veces:
la vestí de excusa,
la dormí con promesas,
le tiré tierra encima
como a un error que no vuelve.
Pero la condenada
sabe cavar.
En el campo dicen
que la tierra habla bajito,
que avisa antes de quebrarse.
La conciencia es igual:
primero te roza,
después te insiste,
y al final te cobra
con intereses de madrugada.
No te pide que seas santo,
ni ejemplo de nadie,
solo que no te vendas
por miedo
o por costumbre.
La conciencia no grita,
no empuja ni ordena,
solo espera despierta
cuando apagan la fiesta.
No te pide que seas bueno,
solo que seas fiel,
porque nadie se escapa
de vivir con su piel.
Porque cuando el cuerpo se pone lento
y la vida pasa lista,
no es la muerte la que asusta…
es quedarse a solas
y no reconocerse.
La conciencia no grita,
no sabe mentir,
si no te reconoce
ya no es culpa de ella…
es de ti.