En el corazón húmedo del bosque,
donde la luz se quiebra en musgo
y el tiempo camina descalzo,
un hombre encontró una estrellita caída.
No brillaba: susurraba.
Era un fragmento de cielo cansado,
una sílaba de eternidad
olvidada entre raíces.
El hombre la alzó
como quien recoge un signo
que no entiende
pero obedece.
Y el bosque cerró los ojos.
Ahora la estrella habita su biblioteca.
No ilumina: honda.
Su claridad es un pensamiento lento
que reposa sobre los libros
y los vuelve más graves,
más verdaderos.
Cuando la noche cae,
la estrella no alumbra la casa:
alumbra el silencio.
Y el hombre aprende, sin saber cómo,
que el mundo aún guarda
cosas que no se dicen
y, aun así, sostienen todo.