Se quedó en mi vida como una aguja nocturna.
Un recordatorio de la luna.
De golpe me despierto con sinalefas que no entiendo,
como si hubieran cambiado de lugar
las vocales de mi vida.
No sé, tal vez querer me quede chico,
o, tal vez, me quede grande.
Me aprieta en distritos imprecisos,
me sobra en lugares insólitos,
y me falta donde más la pienso.
Surge de las cosas
y se acomoda en mis entrañas.
A veces la quisiera disuelta,
desarmada en partículas que no la nombren
ni me recuerden con ella.
A veces la extraño
con una ferocidad ridícula.
Un latido que no sabe si quedarse en el pecho
o romperme las costillas.
En sueños actúa con descaro,
se me planta delante,
más viva incluso que en la vigilia,
desafiándome con esa forma
tan suya de existir demasiado.
Ando detrás de su sombra,
perdiéndole el rastro.
Encuentro entre mis ruinas sus ojos;
peleo contra una ausencia
que me gana por abandono.
Cuando la sueño, no empiezo por ella:
empiezo por un ruido.
Ahí no puedo disimularla.
Y el mundo —como un impostor—
se vuelve un lugar sospechosamente exacto.