Solo Dios y la justicia sostienen su paso,
antorchas en la noche de su fe.
Persigue el mérito como quien busca sentido,
rompe hechizos con disciplina y silencio;
espada, honor y juicio propio
trazan el mapa de su destino.
Camina con la sonrisa como escudo,
rostro sereno frente al polvo del camino;
tiende la mano al hermano caído,
camarada de una fe que no impone,
que no alza odio
y reconoce al prójimo como reflejo.
Conoce el peso del fracaso
y la dignidad del esfuerzo;
su espada no hiere carne,
lucha contra el demonio que habita dentro.
Y aun temiendo la caída, avanza.
Eso es lo que venero,
esa vigilia constante,
esa es la leyenda del soldado.