Vienes del otoño,
del viento demorado;
de las hojas que en su errancia
te confunden con la tierra.
No hay distinción de origen
entre tu piel y el nudo de la rama.
Hueles a leña fresca, a resina;
a la albahaca de la huerta.
Un siglo de raíces
se enreda entre tus faldas;
tu carne es el relieve
donde el tiempo se detiene.
Vas a pasos sobrios,
desovillando el camino;
tejes memoria a la historía,
canciones al olvido.
Llegué tarde a tu sol,
cuando ya no quedaban rastros
de tu rauda carrera.
Pero me reconozco en tus ojos:
donde aún se espesa,
lúcida
y gris, la llovizna.