Hay almas que el azar nos cruza un instante,
con brillo de cometa,
fugaz y encendido,
y aunque el camino cambie, el pulso sea distante,
su esencia perdura en el amor aprendido.
Son ecos suaves de una voz ausente,
un hueco que se abraza sin poderse llenar;
la vida, caprichosa, los lleva en otra corriente,
mas no logra de lazos al corazón arrancar.
Comprendemos un día, sin reproche ni queja,
que el mapa de la vida a veces es cruel:
mantiene el alma cerca, aunque el cuerpo se aleja,
guardando su tesoro bajo un secreto fiel.
Ya no es necesario el saludo en la puerta,
ni el día a día urgente, ni el roce en el andar;
si el recuerdo es la llama que a la memoria despierta,
esa alma amada siempre en nosotros va a morar.
Porque algunos destinos no son de carne y hueso,
son de lazos eternos que no saben de fin.
Están fuera del tiempo, más allá del suceso,
viviendo en el pecho, donde el amor es jardín.