Nelaery

Peripecias del hada Titania XXIII

El Acorde de la Eternidad

 

El tránsito desde el Subsuelo de la Savia hasta los estratos nubosos de Aureo fue más que una escalada, fue una exfoliación del ser. Al emerger de las venas internas del mundo, el grupo ya no arrastraba el lodo de la contienda ni el resquemor de antiguas culpas. La sanación de la Raíz Herida había actuado como un crisol, refinando su cualidad original y transmutándola en la resonancia de una virtuosa cuerda musical de oro puro.

—Es extraño. ¿Os dais cuenta de que nuestros pasos no dejan huella en la nieve? ¡Solo queda una mínima estela de azogue vaporoso— expresó el leñador claramente sorprendido!

El frío del Dosel Viejo ya no enfriaba sus músculos; se filtraba en sus poros como un reparador paño caliente.

— Y mirad los copos de nieve. No caen al suelo, ni siquiera se derriten como siempre hemos visto en el Bosque Nevado. Actúan de forma diferente, como si tuvieran vida propia. Se convierten en pequeñas burbujas. Se deslizan entre los dedos— dijo Akelia mirando maravillada aquellas diminutas esferas espejadas que terminaban acolchando el suelo por donde pisaban.

—Estamos pasando por una fase desconocida hasta ahora. Es como si el espacio se manifestara de una forma totalmente inusitada. Incluso el paso de las horas parece tener un lapso diferente. Es la antesala de otra dimensión. No podemos controlar estas anormalidades en las que estamos sumidos. Deberíamos consultar con nuestras hermanas hadas en la Tierra. Tal vez ellas puedan ayudarnos a encontrar una solución, una salida que nos permita volver a Áureo— propuso Titania.

La hermandad de las hadas de todo el planisferio terrestre oyó esta llamada y se conjuró para asistir a sus dos hermanas ninfas y al Leñador. Sincronizando mentalmente todo el poder de su magia, las hadas plegaron el tejido del espacio-tiempo con la docilidad de una tierna hoja de primavera, depositándolos frente al Puente de la Arena Etérea, allí donde el tiempo se detiene y el día adquiere la diafanidad del diamante.

Nuevamente ante el Guardián de las Horas, observaron que el autómata no hizo ademán de consultar el laudo imparcial de su balanza. Sabía que la ligereza honorable de sus almas se igualaba al peso de una pluma. El complejo mecanismo de relojería que lucía en su pecho —un enjambre de engranajes y sueños— se ralentizó hasta detenerse por completo. El espejo de su rostro, que en el primer encuentro devolvió el reflejo de los temores recónditos del grupo, era ahora una superficie impoluta que solo mostraba la determinación honesta de los viajeros.

—Ahora sois la continuidad de la canción —sentenció el Guardián con una entonación que reordenó sus moléculas—. Habéis dejado de ser sujetos desorientados para convertiros en flujos coordinados con las fuentes de todas las polifonías afectuosas.

Las puertas de Áureo, antaño muros de cuarzo infranqueable giraron sobre sus ejes invisibles. Ambas hojas se deshicieron en un arcoíris acuoso que los invitó a pasar. Al cruzar el umbral vieron la fantástica arquitectura de Áureo que desafiaba toda lógica tridimensional. El aire no se respiraba: se asimilaba, filtrándose a través de sus epidermis.

Los viajeros caminaban sobre alfombras de blandas urdimbres delicadamente dispuestas bajo sus pies. A cada paso el Leñador producía una nota grave y profunda de violonchelo; el paso de Akelia producía arpegios de liras; Titania componía complejos pentagramas de sonidos que deleitaban los más finos oídos.

 —Cada uno de nosotros producimos unas notas musicales que unidas formamos una sinfonía. Es nuestra comunión con la inmensidad del Universo —interpretó el hada con notoria fascinación.

—Los tres viajeros miraban asombrados el escenario que se abría ante su vista.

La ciudad no se visitaba: se interpretaba. Los edificios y estructuras de la ciudad no estaban anclados al suelo. Las torres de la ciudad flotaban en una danza orbital lenta, siguiendo las leyes de una gravitación poética.

El cielo sobre ellos carecía de nubes; estaba compuesto por ecuaciones rutilantes que describían el nacimiento de nuevas estrellas. Los senderos cambiaban de tono según el sentir de quien los cruzara, componiendo una sinfonía singular para cada caminante.

Titania avanzaba a la vanguardia, convertida en una joya de claridad constante. Sus pies apenas rozaban el mármol pulido que devolvía el reflejo dorado de sus alas, extendidas como láminas de refulgencia estelar. Tras ella, el Leñador y Akelia mantenían un estupor fascinante ante lo que contemplaban sus ojos. El Leñador acariciaba el mango de su hacha, admirado de que el metal dejara la alerta permanente para armonizarse con la música de las esferas. Akelia, con los ojos muy abiertos, observaba cómo las sombras proyectaban matices de azul cobalto donde parpadeaban, como luciérnagas, los recuerdos del futuro.

En el corazón de la urbe, bajo un sol cenital de ondas sinfónicas, se erigía un edificio blanco de torres bulbosas. Allí aguardaba el Arquitecto, una figura de algodón nacarado, envuelta en esferas armilares de zafiro que trazaban a velocidades vertiginosas las órbitas del destino.

—Habéis sanado la raíz para poder llegar al cielo —dijo el Arquitecto, y su voz fue una respuesta súbita a todas las interrogaciones que acuciaban en sus mentes—. Titania, el cilindro de ámbar que portas es el remiendo para la Gran Costura. El universo perdía su tono activo, diluyéndose flemáticamente en un silencio entrópico negativo. El orbe era un instrumento desafinado por el egoísmo de algunos de sus moradores insensatos. El ámbar que rescatasteis de la Raíz Herida contiene la frecuencia de la primera palabra jamás pronunciada. Tú traes la llave y la afinación.

Titania se adelantó con solemnidad divina. El cilindro de ámbar en sus manos comenzó a latir con la benevolente venia de los espectros antiguos, en gratitud por la vida recuperada. Siguiendo las indicaciones del Arquitecto, subió la escalinata hasta un monumental órgano decorado de marfil y compuesto por tubos polifónicos de un extraño metal hallado allende las estrellas. En un hueco particularmente luciente encajó el cilindro en un sitio reservado para acogerlo. Al activarse el mecanismo, los dedos de Titania se volvieron transparentes. Su mirada se tornó de un índigo infinito, sustituyendo el viso de sus ondinas pupilas. Contempló a Akelia y al Leñador que permanecían en un recatado estado de embeleso. Ya no percibía a sus diligentes colegas como seres temporales, los consideraba como un conjunto de partículas lucientes pero efímeras. Sintió una punzada de nostalgia —el último vestigio de su yo anterior— antes de que su compasión se volviera magnánima y ecuménicamente justa. No pudo reprimir que sus ojos se humedecieran por un repentino sentimiento de emotividad. Una lágrima brotó de ellos en forma de perla estilizada. La gota que cayó era el destilado purificado de todos sus miedos, amores y pesares mundanos, que el sistema de Áureo absorbió para convertirlos en una nueva constelación en el firmamento de la ciudad. Con una claridad incontestable, comprendió la interconexión total del mundo: cómo el aleteo de una mariposa en el Bosque Nevado mantenía el equilibrio de una supernova a milenios luz de distancia.

La ciudad entera emitió un acorde perfecto que viajó hasta los confines de la gran eclosión, zurciendo cada grieta que interrumpía la realidad cósmica.

En ese culmen de exaltación, la conciencia de Titania se expandió; dejó de ser una ninfa de los bosques para permutarse en la singular directora de una orquesta universal. Vio los hilos de energía cósmica que unían las galaxias con las raíces de los helechos más modestos. Sin embargo, la perfección revelada exigía un precio adicional.

Para sostener la armonía del mundo, Titania debía aceptar una actitud más extensa. La conmiseración se transformó en equilibrio y el amor, en ley. Su mirada se volvió límpida como un lago de alta montaña. Clavó sus ojos en el Leñador y Akelia —sus amigos, sus anclas— y por un segundo le parecieron hermosos pero distantes, como paisajes amados vistos desde una altura inalcanzable.

—La canción continúa —susurró Titania. Por última vez, su voz de ninfa delicada se quebró emitiendo una chispa de humanidad: una lágrima de emoción sincera que tintineó al tocar el suelo jaspeado.

El Arquitecto inclinó su cabeza en señal de respeto. El Cilindro de Ámbar ocupaba su lugar en el Todo. La misión estaba cumplida.

No obstante, el grupo, percatándose con llaneza de la inmensidad de Áureo, vislumbró que el retorno al Bosque Nevado y a sus propios sueños no sería un camino fácil.

 

·      Autores: Nelaery & Salva Carrion.