Nos clasifican por números,
por papeles, por acentos,
por la ropa que vestimos
y el lugar de donde venimos.
Nos ponen filas, columnas,
etiquetas invisibles:
útil, inútil, fuerte, débil,
normal, raro, imposible.
Clasifican sueños por edades,
dolores por apariencias,
y corazones por errores
que nadie quiso entender.
Pero hay cosas que no caben
en ninguna categoría:
la bondad que nace en silencio,
la rabia que pide justicia,
el alma que lucha aun cansada,
la esperanza que no se archiva.
Porque el ser humano no es una lista,
ni un archivo bien ordenado,
es caos, es historia viva,
es todo lo que no ha sido nombrado.
Y aunque intenten clasificarme,
yo elijo simplemente existir:
no como dato, no como caso,
sino como alguien que decidió sentir.