La jornada ha terminado.
El felpudo me saluda,
le asalta una duda:
¿añora tus zapatos?
Tintinean las llaves
hacia la cerradura,
cuestionan con ternura
por el silencio infame.
Al abrir la madera,
una soledad fría
pregunta por mi día.
Ya nadie me espera.
Sólo en un espejo lo veo,
no en tus ojos mi reflejo.
Estancias de cera
reverberan tus ecos.
Siluetas de muñecos
recrean los abrigos.
Tu sombra dobla esquinas.
Pasillos de arcilla,
moldean alaridos.
Al sentir tu aroma,
me ahogo de aire.
¡Aquí no vive nadie!
Las lágrimas se asoman
al resto de un naufragio;
enseres de otra vida,
objetos en caída
a este mi calvario.
Sólo hay sombras chinescas,
augurios funestos
de unos abrazos huecos
que son cenizas de yesca.
En la almohada me llamas,
despierto y… ¡Pesadilla!
No fue de mi costilla,
naciste de mi alma.
Me fui contigo y aquí
ya no queda nadie,
sólo seres de aire.
¿Llaman? No puedo abrir,
atravieso el pomo
y pasan una nota.
Acepto la derrota
y leo con aplomo:
“Aviso de derribo”
Anuncio que es tardío;
aquí sólo hay escombros
y de lágrimas dos ríos.