Asier Arellano

Ausencia

La jornada ha terminado.

El felpudo me saluda,

le asalta una duda:

¿añora tus zapatos?

 

Tintinean las llaves

hacia la cerradura,

cuestionan con ternura

por el silencio infame.

 

Al abrir la madera,

una soledad fría

pregunta por mi día.

Ya nadie me espera.

Sólo en un espejo lo veo,

no en tus ojos mi reflejo.

Estancias de cera

reverberan tus ecos.

Siluetas de muñecos

recrean los abrigos.

Tu sombra dobla esquinas.

Pasillos de arcilla,

moldean alaridos.

 

Al sentir tu aroma,

me ahogo de aire.

¡Aquí no vive nadie!

Las lágrimas se asoman

al resto de un naufragio;

enseres de otra vida,

objetos en caída

a este mi calvario.

 

Sólo hay sombras chinescas,

augurios funestos

de unos abrazos huecos

que son cenizas de yesca.

 

En la almohada me llamas,

despierto y… ¡Pesadilla!

No fue de mi costilla,

naciste de mi alma.

 

Me fui contigo y aquí

ya no queda nadie,

sólo seres de aire.

¿Llaman? No puedo abrir,

atravieso el pomo

y pasan una nota.

Acepto la derrota

y leo con aplomo:

“Aviso de derribo”

Anuncio que es tardío;

aquí sólo hay escombros

y de lágrimas dos ríos.