De pronto, el roce de tus dedos dejó mi piel. No fue una despedida, sino una invasión: ya no sujetabas mi mano, sino mi corazón; un latido que comenzó a vibrar con el pulso de tu propia sangre.
En ese instante, lo que ocurrió no fue un beso, sino una transfusión de tu alma a mi boca.
Me has dejado los huesos llenos de ecos, un zumbido eléctrico que no cesa bajo la piel, borrando la frontera de mi cuerpo. Ya no sé dónde termino yo, porque donde acaba mi mano, empieza el asalto de tu memoria.
\"¿Qué se hace con un latido que ya no me pertenece? ¿Cómo se respira, si mi tráquea es ahora el túnel por donde tu esencia decidió mudarse a vivir? Mis pulmones ya no aspiran aire, sino el rastro de tu aliento, y mi pecho es el mapa donde tu sangre decidió echar raíces.\"
Quedé vacío de mí y lleno de ti, porque nadie sale ileso de una invasión que no pide rescate. No hay distancia posible cuando el latido es compartido, ni silencio que valga, pues mi voz lleva tu nombre tatuado en el paladar, como el sabor residual de tu vida.
Soy, el envase de tu alma; un mapa de venas que solo tú sabes leer. Soy un pulso que, de tanto seguirte, se olvidó de cómo latir a solas...
m.c.d.r