Jesus Armando Contreras.

Desde lejos

Existe una situación
que no aprende a decirse:
el país saca a su gente
sin aviso al despedirse.

Nos fuimos con la esperanza
como pan dentro del pecho,
creyendo que en otra tierra
alcanzaría el esfuerzo.

Quedan padres,
quedan hijos,
quedan nombres en suspenso,
y uno sale convencido
de volver hecho sustento.

Pero el desierto no avisa,
ni el cielo da juramento,
cruzas países y miedos
con la fe hecha al intento.

La verdad llega de frente
cuando el cuerpo toca el suelo:
el sudor apenas salva
y ayudar queda muy lejos.

Apenas tú.
Apenas vida.
Apenas pan que no sobra.
Y el motivo de la partida
se quedó del lado de la sombra.

Entonces llegan los golpes
que no salen en el cuento:
la culpa muerde por dentro
cuando no alcanza el sueldo.

Te enseñaron a callarte,
a aguantar sin hacer ruido,
a tragar seco el dolor
como si fuera destino.

Que el silencio es refugio,
que llorar es perder tiempo,
que no se cuente la herida
pa’ que no viaje en el viento.

Porque no quieres que sepan
lo que te rompe el aliento:
que duele igual estar lejos
que quedarse sin recuerdo.

Y cuando crees que ya basta,
cuando el cuerpo dice “no puedo”,
llega un mensaje certero
desde la tierra en el pecho.

Murió mamá.
Murió papá.
O el amor que era tu suelo.
El corazón se te cae
y el mundo te queda lejos.

No hay pasaje.
No hay dinero.
No hay manera de volver.
Solo un adiós desde lejos
al cielo que tocó ver.

Te despides con memoria,
con el abrazo primero,
sin saber que aquel abrazo
era el último y eterno.

Y te preguntas, sincero,
con la voz hecha un temblor:
¿valió la pena irse lejos
si volver ya no es opción?

 

Jesús Armando Contreras.