Me encanta. Me encanta esa libertad, esa libertad tan libre tuya, ese impulso feroz, valiente, que te nace del corazón y arrolla cualquier pensamiento que se le atraviese, ese tirarse a una piscina sin agua sin importar los azulejos que tu impacto produzca en el fondo, y menos la rotura de cráneo subsecuente, sin importar el arrepentimiento que eventual surja, qué más da, no se sabe si vendrá o no, no eres adivina, qué tontería, qué castración es esa de reprimirse un arranque, un deseo, la moral cristiana, tan perniciosa, tan inconveniente...
Me encanta, y no lo pierdas por favor, sin libertad no somos nadie, solo simples marionetas danzarinas al servicio de no sé qué ideales, qué códigos de conductas, qué deberes ser que dan la espalda al ser de verdad, a la verdad que tienes dentro, y que, al fin y al cabo, todo va a pasar según la pasta que nos forra el alma, según la tempestad o la brisa que por la boca y por los poros sale al aire, cuando no sabemos que somos, cuando somos sin saber, sin controlar, sin analizar, sin calculadora.
Me encanta, me encanta verte, ver el blanco luminoso de tus dientes cuando ensayas una sonrisa, y tu pelo negro, raya al medio, clásico y moderno al tiempo, que me llena tanto, porque mi querencia estética va por ahí, por mirar hacia delante con el bagaje que ya atesoro, un bagaje que habla de una cultura milenaria, que se pierde en los anales del tiempo sin significar nunca ranciedad, caducidad, sino todo lo contrario, de aquello que no se subsume a modas, a ofertas especiales, a tres por dos o a descuentos del treinta por ciento, no, eso que nos cala por dentro sin darse a notar, sin asomar siquiera la nariz para no ser advertido por una consciencia contaminada.
Me encanta, me encantas tanto...