Un roce basta,
y el mundo se incendia en silencio.
Tus pupilas claras
no saben de culpas,
pero esconden la tentación más pura.
Te miro,
y la duda es un abismo suave:
¿cómo puede el pecado
vestirse de luz,
y aún así arrastrarme tan hondo?
Eres la contradicción perfecta,
inocencia en la piel,
labios que murmuran redención,
y al mismo tiempo
me condenan al deseo.
El pecado tiene tu rostro,
pero tus ojos…
siguen siendo
la
excusa más divina.