Yo te quise en silencio largo,
de esos silencios viejos,
donde el alma se gasta esperando
y el corazón aprende a no pedir.
Te quise a la distancia,
maldita sea la distancia,
esa que promete puentes
y sólo deja ríos hondos
donde se ahogan las ganas.
Fuiste amor sin carne,
promesa sin mañana,
huella brava clavada en el pecho
como espina que no sangra
pero nunca se va.
Yo soñé lo que no fue,
lo que pudo haber sido
si el miedo no nos ganaba la pulseada,
si la cobardía no vestía de prudencia
a este amor mío, tan antiguo, tan hondo.
Me dio pavor lo nuevo,
me dio espanto sentir tanto,
porque amar así —decían—
no es cosa cuerda
en estos tiempos de afectos breves
y palabras sin peso.
Ignoré señales,
me hice la distraída del destino,
y hoy cargo la ignorancia más amarga:
haber tenido el alma abierta
y no haber construido hogar.
Ahora debo soltarte,
aunque el alma se me quede mirando atrás,
como perro fiel que no entiende la partida
y espera, terca, en la vereda del ayer.
Te dejo ir
no porque no te quiera,
sino porque hay amores
que no nacieron para quedarse
sino para marcar.
Y me quedo yo,
hecha nadie por momentos,
aprendiendo a respirar sin tu nombre,
con este miedo nuevo en la boca
y la esperanza temblando
como farol viejo en noche de viento.
Si algún día alguien lee estas líneas,
que sienta el golpe,
que le duela un poco el pecho,
porque acá quedó escrito
un amor que no fue…
pero que fue todo