Tengo la dicha de ser un desdichado,
del aire espeso de los libros,
del decoro intratable de mi nuca
y mis deshonestos brazos.
Hay dicha en los árboles y arbustos,
en la huesuda acera y el rostro fino de los edificios.
Y bien hay ácidos en mis cráneos alcalinos,
embriones momificados en mi vientre y, ciertamente,
cortes rostrales en cada uno de mis flancos.
Heme aquí dedicado a la porfiada funcionalidad
de la materia, al codo de la gente y su salud.
Heme aquí triste de felicidad,
jubiloso en mi lagrimal,
con mi utópica carga de ética social
y con mórbidas ganas de bien
político y global.
Carne mía... tengo la desdicha de ser un afortunado
-lo digo sin remordimiento-
entregando al ojo ajeno mi otra córnea,
palpando desleales palabrerías públicas,
y, más que nada, poniéndome la soga al cuello;
concienzudo de mi impuesta soledad,
soledad amigable,
soledad en comunión.
No acudo, nunca dejo; uno se aprende
en extranjeras tierras.
Uno no se tiene ni a sí mismo.
El pantalón: desconocido;
El abrigo: desconocido;
Los amigos: desconocidos;
La familia: por allá...
¡Y hasta mi Evans y mi Vallejo!
¿Y yo? En aquella esquina,
¿Y el otro? Aquí.