Todos escribimos,
aunque nadie nos lea,
aunque el eco se pierda
entre papeles arrugados.
Escribimos para alguien,
quizás invisible,
quizás lejano,
quizás el reflejo mismo en el espejo.
Ponemos el corazón en letras
como si fueran botellas arrojadas al mar,
esperando que una mano desconocida
algún día las recoja.
Y si no llegan a nadie,
igual arden,
igual sanan,
igual nos salvan.
Porque escribir
es hablar con el universo
y confiar en que,
de alguna manera,
alguien siempre escucha.