No vienen del pecho sino de los días.
Son pequeñas rendijas por donde el tiempo se asoma a mirarnos.
Un suspiro es una pausa mínima cuando el cuerpo recuerda que sigue aquí aunque todo se mueva.
No pide alivio ni promete consuelo: solo pasa, como pasan las nubes cuando nadie las nombra.
A veces se escapa sin razón aparente, como si algo antiguo tocara la puerta desde adentro.
Y después queda el silencio, no vacío, sino atento esperando el próximo gesto de seguir respirando.
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Rafael Blanco López
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