LA CASA DONDE YA NO VIVIMOS
Vivimos bajo el mismo techo,
pero el silencio aprendió a llamarse hogar.
Tus pasos suenan lejanos,
eco cansado de alguien
que ya no está.
Dormimos lado a lado,
y el frío de las sábanas
es más real que tu abrazo.
Al despertar ya no hay besos,
ni siquiera un “buenos días”;
solo el ruido hueco
de lo que no se dice.
Desayunamos frente a frente:
dos sombras fingiendo existir.
Tu mirada cruza la mía,
pero no se queda,
pasa de largo
como si yo fuera aire.
Las palabras que aún pronunciamos
llegan vacías, sin peso.
Hablarte es hablarle a un muro,
es lanzar piedras a un lago
y no ver ondas.
Nos volvimos invisibles:
traslúcidos, distantes,
fantasmas sin descanso.
Habitamos los mismos espacios
como dos almas
sin voluntad de quedarse.
Dime,
¿no sería más honesto para ambos
decirnos adiós?
Aunque uno sufra más que el otro.
Porque seguir así no es vivir:
es morir despacio
en un silencio hondo.
Mejor alejarnos
y volver a ser,
aunque duela, aunque lloremos.
Tal vez el olvido
sea el único lugar
donde, por fin,
podamos encontrarnos.
Derechos Reservados 31/01/2026
Henry Pumacayo P.